Como suave brisa,
le roza la frente
y le besa de prisa.
Cargado va ese beso
con la humedad
del último roció
nocturno de su vida
que no pudo ser.
Lágrimas frías,
amargas por
la desesperación
de decirle adiós
y como ángel
obediente
sublimemente
en su pecho se posa.
Y tal hermosa
inigualable rosa
le deja en su mano
sin palabra
ni explicación.
Debe olvidarlo,
mas nunca
recordarlo y
un mandato
divino debe acatar.
Perderá sus alas,
su alma y destino,
en camino de muerte
a su fin, llegará.
Debe olvidarlo,
por siempre dejarlo.
Le serán cerradas
las puertas
del cielo infinito,
caerá en fosa
de muerte si persistes
en su suerte.
Debe olvidarlo.
Jamás buscarlo
y en un rincón,
acurrucada,
ocultamente llorarlo.
En sus hombros
eternamente
cargará su cruz
de soledad
y sufrimiento,
de no tenerlo,
de no tocarlo
y por condena
jamás sentirlo.
Por haberlo amado,
por solo perderse en
sus ojos claros.
Fue tan sólo ese,
su pecado.
¡Adiós! en su oídole ha
murmurado y despega
al cielo sagrado
de donde
nunca se
ha regresado.
03/04/08


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